Me hubiese parecido más original este título, y este post, si un desgraciado amigo no se me hubiese adelantado por la derecha (o por el centro, o por la izquierda) y lo hubiese tuiteado antes de que yo hiciese públicas estas líneas. Pero, al mismo tiempo, esa conexión mental me ha hecho pensar que, lo que vaya escribiendo ahora mismo, pueda tener más razón de ser de la que imaginaba. Porque sí, la política es el nuevo fútbol. Aunque lo lleve siendo desde hace ya un tiempo.
Es cierto que en más de una ocasión, animales que en cualquier otra situación nos habrían mordido el trasero quedaron hipnotizados ante una suave melodía, o ante el sonido tan atractivo y sugerente que puede de salir de toda clase de instrumentos musicales. Desde una guitarra española bien afinada hasta un oboe con la lengüeta rota. Y esto hace que uno se diga a sí mismo: "Si es que la música... amansa a las fieras". Posiblemente sea así. Pero a mí, después de unos recientes acontecimientos, me dio por pensar que a lo mejor son las fieras y solo ellas las que saben apreciar la música. Y que aquellos que, por el hecho de poder hablar, llaman a otros seres vivos animales, tal vez sean los que no sepan apreciar lo que la música es y lo que la música hace.
Recurro a esto para poneros blandos; lo necesitaré más adelante
Claro que, para entrar en materia, hay que ser claros y matizar levemente qué entiende uno por música. Porque el concepto, de buenas a primeras, es muy vasto. No estoy tratando de deslizarme hacia unas críticas desgarradoras contra el reggaeton, el house o cualquier estilo que un tipo refinado (o que se las da de refinado) escoge como víctima a despedazar. De verdad que no. Cada uno con lo que le guste o con lo que le haga sentir algo. Pero vayamos a ese sentir, y a la manera de hacerlo.
Sé que mi anterior post estuvo dedicado íntegramente a la nueva moda del gimnasio, y que por esa misma razón incluirlo en el título de esta nueva entrada puede hacer pensar que he adquirido cierta obsesión con él. Tampoco os creáis. No negaré que trato de ir unos cuantos días por semana, pero probablemente dedique mucho tiempo a hacer un trabajo de campo y de observación que me permita confeccionar textos sobre los individuos que en dicho lugar se juntan, y bastante menos a agarrar un par de pesas y ponerme a emitir rugidos.
Pero, esta vez, se trata de analizar una situación casi esperpéntica. Y es que, a pesar de lo curioso del título, no se trata de una metáfora o de un gancho artificial utilizado a modo de reclamo. No, de veras que no. De lo que estoy a punto de hablar es de lo que uno siente cuando, en efecto, se encuentra a Bárcenas en el gimnasio.


