Sé que mi anterior post estuvo dedicado íntegramente a la nueva moda del gimnasio, y que por esa misma razón incluirlo en el título de esta nueva entrada puede hacer pensar que he adquirido cierta obsesión con él. Tampoco os creáis. No negaré que trato de ir unos cuantos días por semana, pero probablemente dedique mucho tiempo a hacer un trabajo de campo y de observación que me permita confeccionar textos sobre los individuos que en dicho lugar se juntan, y bastante menos a agarrar un par de pesas y ponerme a emitir rugidos.
Pero, esta vez, se trata de analizar una situación casi esperpéntica. Y es que, a pesar de lo curioso del título, no se trata de una metáfora o de un gancho artificial utilizado a modo de reclamo. No, de veras que no. De lo que estoy a punto de hablar es de lo que uno siente cuando, en efecto, se encuentra a Bárcenas en el gimnasio.
