Me hago cargo de lo poco convincente e incluso hipócrita que pueden resultar el título y las pretensiones de esta entrada, teniendo en cuenta que el medio a través del que escribo es un blog; sí, un espacio cibernético en el cual las letras aparecen al aporrear el teclado de un aparato electrónico. Pero lo hago porque no me queda otra alternativa (alguna queda, pero mis padres decidieron no bautizarme como Juana de Arco). Lo hago por instinto de supervivencia, no en vano Darwin se tomó la molestia de hablar sobre todo ello. Pero no hay mentira en mis palabras: aborrezco la tecnología.
Y bastante, además. Tampoco significa esto que la odie por completo. Simplemente, desprecio y repruebo la importancia que la(s) sociedad(es) ha(n) decidido brindarle para hacer de nuestras vidas lo que, para mí, es un enmascarado y tremendo error. Que sí, que sé que estamos abocados a la evolución. Que la tecnología ofrece un sinfín de oportunidades, que ha mejorado en infinidad de aspectos nuestro nivel de vida, que bla bla bla...
Mirad, para ensalzarla ya sobran millones de personas, así que me ahorraré con gusto esa parte. Llevo tiempo pensando que he nacido en la época equivocada, así que asumo mi culpa si es que tengo alguna y si eso os hace sentir más cómodos a aquellos que lleváis siempre un papel a mano con la retahíla de ventajas que los nuevos medios nos ofrecen. Yo soy quien se ha equivocado al asomar la cabeza, y luego el resto del cuerpo, por entre las pudendas partes de mi santa madre. Que, ahora que sale mencionada, estoy seguro de que aborrece también un poquito lo tecnológico, a pesar de que no le dé la importancia que yo sí le imprimo al asunto. Porque hay una diferencia a tener en cuenta. Para quienes pertenecemos a una generación joven, la tecnología es una obligación. Es una nueva ley inquebrantable, es un credo de forzosa aceptación, es uno de los dos principios básicos y universales que existen hoy en día. Para aquellos que se han hartado de buscar el elixir de la eterna juventud, la tecnología no supone tantos quebraderos de cabeza. Asentados, por lo general, en un trabajo desde hace años, su posición y trayectoria ha sido meridianamente respetada (hay casos, por desgracia, en los que no).
Pero, para un joven, conocer internet como la palma de su mano y entenderlo como la pubertad de un chico feo entiende a la palma de esa mano, son conceptos esenciales. Si un recién licenciado (graduado, perdón) se pone a buscar trabajo, más le vale tener bien aprehendidos los códigos HTML, javascript y ser un doctor en posicionamiento SEO y SEM. Da igual, por supuesto, que ese grado recién adquirido haya sido en el campo de las ciencias, de las humanidades, o de Cristo Santo. Porque está claro que un jurista, un enfermero o un veterinario necesitan tener unas nociones imprescindibles sobre marketing digital. Ojo, no perdáis de vista la palabra digital, que es lo importante del asunto. Marketing no es más que el acompañante. Lo fundamental es que todo lo que estudiemos (a mayores de lo que ya hemos estudiado, claro) lleve como scort términos como 2.0, 3.0, digital, web, SEO, SEM, e-commerce. Y ya si te vales del social media, quienes reciban tu currículum tendrán que estrujar calzoncillo o bragas en el momento. El mundo necesita community managers, nada más.
La triste y aterradora realidad nos acecha
Porque da igual cuál es tu formación, cuáles tus objetivos, tus intereses, tus motivaciones. Tú a dominar internet y sacarte cursos chorra sin rechistar. Déjate la pasta que igual no te has dejado ya en una carrera y en un Máster para especializarte. Porque antes solo era lo del Master. Ahora hay que complementarlo con algo dos punto cero. Para el año, con algo tres punto cero. Y en un lustro, será con una gilipollez supina punto cero. Por ir aclarando términos.



