Me hubiese parecido más original este título, y este post, si un desgraciado amigo no se me hubiese adelantado por la derecha (o por el centro, o por la izquierda) y lo hubiese tuiteado antes de que yo hiciese públicas estas líneas. Pero, al mismo tiempo, esa conexión mental me ha hecho pensar que, lo que vaya escribiendo ahora mismo, pueda tener más razón de ser de la que imaginaba. Porque sí, la política es el nuevo fútbol. Aunque lo lleve siendo desde hace ya un tiempo.
Mi gran noche, Álex de la Iglesia. Comedia. España, 2015.
Cuando un nuevo proyecto de Álex de la Iglesia sale a la luz, los niveles de expectativa alcanzan cotas bastante altas. Comprensible, no todos los días (ni siquiera todos los años) alguien nos sirve en bandeja de plata un El día de la bestia, o un Muertos de risa. O un Perdita Durango. Sabemos qué podemos esperar cuando Álex anuncia nueva película. Pero siempre existe la posibilidad de que nos sorprenda con un argumento alocado, caótico fuera de lo común.
Mi gran noche no se sale del camino ya trazado. Tiene caos, tiene locura; y ambas se conjugan a la habitual manera que el director bilbaíno se ha aferrado en utilizar y pulir a lo largo de su trayectoria cinematográfica. Es un ejercicio de pirotecnia, donde los fuegos alumbran y por veces deslumbran, aunque sin seguir orden o concierto alguno. La localización, de entrada, promete: un plató de cierta productora (bien planteado el azote a la situación actual de cadenas de televisión y empresas en general), donde se graba el programa especial de fin de año. Qué mejor que un espacio cerrado con seres abocados a representar una y otra vez una felicidad de lo más artificial.
Vive deprisa, Philippe Besson. Novela de testimonios (ficticios). Alianza Editorial. 2015
Portada de la novela del autor francés
Hace ya sesenta años que
James Dean forjó la leyenda, poniendo punto y final a una historia que todavía
comenzaba a escribirse por entonces. Nadie puede saber si de haber transcurrido
las cosas de un modo diferente, la figura del joven actor se hubiese convertido
o no en un símbolo de juventud, de rebeldía, de vida. A pesar de su efímera
trayectoria, es mucha la información existente en torno a Jimmy, como le llamaban sus allegados. Pero nadie había hecho lo
que Philippe Besson construye en este libro de menos de doscientas páginas.
La propuesta del escritor
francés es arriesgada. Una recopilación de testimonios de familiares, amigos,
amantes, ex parejas del actor, e incluso algunos del propio Dean. Suena
interesante, atractivo. Pero cuando uno abre el libro, se encuentra de golpe
con la primera línea: «Me morí el 14 de julio de 1940». Y
esas palabras no pertenecen al protagonista de la historia, sino a su madre. De
este modo, Besson se vale de testimonios ficticios que utiliza para reconstruir
de una manera singular la vida y muerte de la promesa del cine cuya luz se
apagó de golpe cuando todavía empezaba a brillar. Así, podemos encontrarnos con
las voces de personajes como Marlon Brando, que conoció al joven actor durante
apenas una hora; Adeline Brookshire, su primera profesora de arte y quien
adivinó en el niño la figura del eterno adolescente; o Dennis Stock, famoso por
el reportaje fotográfico que logró hacer al artista poco antes de su prematura
muerte.
De haber sido ilustrada la novela, esta foto sería de obligada inserción
Truman, Cesc Gay. Drama. España (2015)
Últimamente no son pocas las películas que tratan con un tono personal temáticas tan opuestas y a la vez tan entrelazadas como lo son la amistad y la muerte. Porque al tocar estas dos cuestiones, lo que uno hace es hablar de la vida, en definitiva.
La historia que construye Cesc Gay tiene un claro objetivo: acercarnos a dos personajes metidos de lleno en una situación única, propia de sus vidas irrepetibles, sin posibilidad de ser vividas por otros. Dos amigos separados por el tiempo y la distancia, que se encuentran cuando uno de ellos sufre cáncer en estado avanzado. Puede ser este el primer acierto de la propuesta, el hacernos pensar sin que nos demos cuenta en algo como: Si uno de ellos no hubiese sufrido esa desgraciada enfermedad, ¿se habrían vuelto a ver pasado el tiempo? Pensamientos un tanto incómodos, pero seguramente necesarios. De un modo u otro, es muy sencillo verse envuelto, en la vida real, en una situación similar. Tal vez no con esa carga dramática, con ese peso crítico que siempre descarga la presencia de la muerte. Pero ese amigo de la infancia al que tanto queríamos, esa amiga de toda la vida a quien confesábamos los secretos que ni nuestros propios padres llegarán a saber nunca, que un día se van a otro país, que aceptan un trabajo que los aleja de la vida que hasta entonces llevaban... ¿No tenemos acaso cada uno de nosotros un caso así en nuestra propia historia?
No quería cebarme mucho hoy por estos lares teniendo en cuenta que en la última entrada fui suficientemente explícito (o eso creo) sobre lo que opino acerca del lugar que ha ocupado y le hemos dejado ocupar a la tecnología en nuestras vidas. Por eso no veo necesidad de repetirme con el tema. Pero hoy, concretamente, no quiero hablar de internet en sí y sus derivadas, sino de otro apartado de la tecnología al que considero que un tironcillo de orejas (o un hostión con la mano bien abierta, que en este blog todavía no se ha impuesto la censura) le vendría de perlas.
Hoy hablo, escribo, escupo espumarajos sobre los smarpthone. Sobre los teléfonos móviles, vaya, si dejamos descansar un rato el gilipollismo ilustrado de reinventar el nombre de las cosas y rebautizarlo con anglicismos súper mega... cool. Estoy convencido de que ya todos, a estas alturas, habéis caído en la cuenta de que los smartphone se ríen de vosotros. Se cachondean de cada uno de vosotros. Tanto los aparatos en sí como quienes están detrás de su venta, detrás de su publicidad, detrás de su creación, detrás. Siempre detrás, sin dar la cara, ya que es tradición que solo se vea al títere y quien lo maneje se resguarde entre las sombras. Si no el número perdería su encanto, claro.
Lo importante es que estamos muy monos así. Pero que muy monos
Os preguntareis qué ha sido lo último que me ha pasado o qué he desayunado para poner a los smartphone en el punto de mira. Os diré que nada en particular. Simplemente, se me ha dado por recordar la primera vez que tuve un móvil propio. Fue allá por el año 2003, cuando eran una cosa algo gruesa con una pantalla minúscula y unas teclas que al pulsarlas parecían castañuelas. Cuando los politonos todavía eran un invento por llegar. Ese aparato cumplía tres funciones inamovibles: que tus padres pudiesen tenerte localizado, que pudieses jugar al Snake y que te pasases el día como un mentecato dando (y recibiendo) llamadas perdidas cortas de tus amigos y de aquellas personas a quienes querías sustraer la atención.






